Las grandes ciudades no son lugares, son ideas

December 13, 2017

Las grandes ciudades no son lugares, son ideas.
 

Conocer una ciudad no implica vivir en ella, ni siquiera implica haber estado ahí. Conocer una ciudad es tener la capacidad de descifrarla a través de la imaginación; es entender cómo funciona el mecanismo interno con el cual las calles adquieren la forma que tienen y las personas hablen y se muevan como hablan y se mueven, sintetizando simultáneamente el pasado, el presente y el futuro de un universo propio, íntimo incluso, en el instante de una palabra. Roma. México. Nueva York. Tokio. Paris. Londres. Babilonia. Alejandría. Berlín. Estambul. Buenos Aires.


En el siglo XXI por primera vez en la historia, la mayoría de la humanidad vivirá en zonas urbanas y el traslado entre ellas nunca ha sido tan rápido y tan fácil. Gracias a esto, se abre una nueva era dentro de la tradición ancestral de la literatura de viaje. En la actualidad, donde ir al otro lado del mundo significa escasas horas de vuelo y la riquezas culturales, sociales y económicas de las megalópolis se encuentran interconectadas en la inmediatez tecnológica y de las redes sociales, hace que la literatura urbana adquiera un carácter casi presencial. Ya no se viaja a ciudades, ahora se viaja en las ciudades. Los viajeros se alejan de las experiencias turísticas (en muchos casos las evitan), e intentan pertenecer a la comunidad a donde llegan así sea por unos cuantos días.

 

A pesar de las fotografías y los videos, la magia de las palabras sigue siendo necesaria para apreciar y entender el alma de una ciudad.


Entre la inmensidad de la literatura urbana, tres libros representan un buen punto de partida para adentrarse en ella: The Lonely City, El arte de vivir en la ciudad, My First New York.

 

The Lonely City. La soledad urbana es un concepto de belleza contradictoria.

 

El campo tiene aparejada la idea de ausencia, de distancia. Las montañas, el desierto o el mar: en cualquiera de estos escenarios, la soledad surge en el eco de la naturaleza, diluyéndose en la inmensidad de la nada. Esto es aterrador y hermoso; pero también es obvio. En cambio, en la ciudad, la soledad se vive en medio de millones de personas; todas conviviendo entre sí, caminando, moviéndose entre las entrañas de acero, concreto y cristal. 

Rostros mirándose unos a otros, en un vagón del metro, en un estadio o restaurante, olvidándose mutuamente de forma inmediata, en un acto tan natural como respirar.

 

Fiel a la tradición ensayística, Olivia Lang, entrelaza su naufragio amoroso en una ciudad ajena con la vida y obra de varios artistas conocidos por vivir en formas particulares de soledad. El personaje que devora a la persona, como un virus. La celebridad que usa su fama y la tecnología como dispositivos de evasión al contacto humano. El voyeur, contemplando a la intimidad desde el fin de la noche entre las grietas del resplandor neón y artificial. Un rebelde cuyo mayor acto de insurrección fue mantenerse fiel a la tradición. El paria, visto como un degenerado y portador de la peste, cuyo único pecado fue ser diferente. El ermitaño, creador de un mundo para sí y nadie más. Este libro es como la sonrisa trágica de un extraño con el que cruzamos miradas por un instante y que nunca más volvemos a ver. Con la ciudad como escenario y personaje, el libro nos recuerda que, de vez en cuando, está bien ser ese extraño.

 

My First New York. Artistas, beisbolistas, empresarios, editores, comediantes, princesas, prostitutas, escritores, productores de T.V., actores (porno), músicos, inmigrantes, políticos: la ciudad los recibe a todos. Este pequeño libro es un estuche de miniaturas, donde están las historias de cincuenta y seis individuos, desde 1933 hasta 2009, con una sola cosa en común: llegar a NYC.


Gracias al cine, la televisión, libros, revistas, periódicos y redes sociales, Nueva York es
una ciudad que, de una u otra forma, en mayor o menor medida, todos conocemos. Llegar ahí da un sentido de pertenencia que pocos lugares pueden ofrecer. Como turistas, como estudiantes, buscando una oportunidad o regresando de alguna forma de exilio, los narradores cambian y vemos como el libro, más que tratarse de personas arribando a NYC, es un testimonio indirecto de la ciudad y su viaje desde la gran depresión hasta el nuevo milenio.

El arte de vivir en la ciudad. Caos: esa palabra describe fácilmente la vida de una metrópoli. El tiempo parece disminuir, siempre hay un lugar al cual llegar y otro en donde estar; cosas que hacer, cosas por hacer y más cosas que se quedan sin hacer. Todo urbanita llega a tener días en los que regresar a casa se vuelve una tarea que el mismo Ulises vería como un desafío épico.
 

La vida en una ciudad es una experiencia fantástica que, desafortunadamente, puede llegar a pasar desapercibida incluso para sus propios habitantes. Los urbanitas dejamos pasar la belleza y el encanto que nos rodea como una parte más de la rutina. En El arte de vivir en la ciudad, Adam Ford, un ex pastor anglicano especialista en religiones de la India, a través de la atención plena, construye un enfoque espiritual para la experiencia urbana.

 

Actividades como la apicultura de azotea o la jardinería de guerrilla, junto con métodos para apreciar un museo y aprovechar al máximo la gastronomía local pueden ayudarnos a obtener un sentido de pertenencia en una ciudad. La conformación de una comunidad y la integración del individuo a la misma debe ser el anhelo de toda ciudad y todo ciudadano. El libro plantea el gran desafío urbano de nuestro siglo, hacer de las ciudades un lugar humano en donde valga la pena vivir.

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